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Ilustración de Ernst Haeckel de una anémona de mar, en Kunstformen der Natur, 1899. © Humboldt-Univerisät zu Berlin/The Bridgeman Art Library.

Ilustración de Ernst Haeckel de una anémona de mar, en Kunstformen der Natur, 1899.
© Humboldt-Univerisät zu Berlin/The Bridgeman Art Library.

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Caricatura contemporánea de Thomas Henry Huxley (1825–1895). © Museo de Historia Natural, Londres.El obispo Samuel Wilberforce (1805–1873). © Julia Margaret Cameron, Wellcome Library, Londres.















Los lectores de Darwin expresaron en los primeros años opiniones contundentes sobre su libro, pero con matices muy distintos.

“¡Pero qué estúpido, cómo no se me ocurrió!”.
Thomas Huxley, naturalista.

“Ha abierto una vía de investigación muy prometedora, cuyos resultados nadie puede prever”.
John Stuart Mill, filósofo.

“Una de las partes más interesantes del libro del señor Darwin es aquella en la que establece esta ley de la selección natural; y decimos ‛establece’ porque (repitiendo que discrepamos totalmente con él en cuanto a los límites que asignaría a su acción) no tenemos la menor duda respecto de la existencia o la importancia de la ley en sí”.
Samuel Wilberforce, obispo.

“Es notable cómo Darwin redescubre, entre las bestias y las plantas, la sociedad de Inglaterra, con su división del trabajo, competencia, apertura de nuevos mercados, 'inventos’ y la 'lucha por la existencia’ maltusiana”.
Karl Marx, teórico político.

Litografía de Karl Marx (1818–1883). © Wellcome Library, Londres.Sir Richard Owen (1804–1892). © Museo de Historia Natural, Londres.
















“Las observaciones originales más importantes, presentes en el volumen de 1859, son, a nuestro juicio, sus verdaderas perlas —pocas, en verdad, y muy aisladas—, y dejan la determinación del origen de las especies muy cerca del punto donde el autor la encontró”.
Sir Richard Owen, naturalista.

“¿Qué otra cosa podemos creer, sino que la teoría de Darwin es una especulación ingeniosa y verosímil que los futuros fisiólogos mirarán con la misma admiración que sentimos por los átomos de Lucrecio o las esferas de cristal de Eudoxo, y que contiene como éstas algunas medias verdades, que denotan al instante la ignorancia de la época y el talento del filósofo?”.
Henry Charles Fleeming Jenkin, ingeniero.

Henry Charles Fleeming Jenkin (1833–1885). © Wellcome Library, Londres.Adam Sedgwick (1785–1873). © Wellcome Library, Londres.
















“He leído su libro con más dolor que placer. Algunas partes han suscitado mi mayor admiración; otras me hicieron reír hasta que me saltaron las lágrimas; leí otras con absoluto pesar, porque las considero totalmente falsas y profundamente maliciosas”.
Adam Sedgwick, geólogo.

“Teníamos una reunión excelente en Norwich, y el viejo y querido Hooker se pronunció con todas sus fuerzas, como siempre hace en situaciones apuradas. El único culpable fue el terrible darwinismo, que se difundió en toda la sesión y surgía cuando menos lo esperaba uno, incluso en la conferencia de Fergusson sobre ‘Templos budistas’. Usted tendrá la rara felicidad de ver triunfar sus ideas en vida”.
Thomas Huxley, naturalista.

Críticos y Partidarios

Algunas personas desconocieron la teoría de Darwin. Cuando él y su colega, el teórico evolucionista Alfred Russel Wallace lograron que sus primeros escritos fueran publicados en la Sociedad Linneo en 1858, la reacción fue mustia. El presidente de la Sociedad dijo tiempo después que ese año en particular no había mostrado descubrimientos importantes.

Cuando el libro de Darwin fue publicado al año siguiente, las respuestas fueron variadas. Muchos de los partidarios más fuertes de Darwin, como Thomas Huxley, aún tenían dificultades con muchos de los detalles de la teoría. Muchos aceptaron la idea de la evolución, mas no el mecanismo propuesto por Darwin. Algunos pensaron que la selección natural explicaba algunos casos de adaptación, pero no todos. Hubo mucha especulación sobre la duración de la selección natural, y la cantidad de tiempo necesario para que las especies cambien.

Algunos voceros de la religión tenían pocas dificultades con el enfoque de Darwin con relación a la variedad de la vida, ya que aún daba cabida a un creador. Un universo regido por las leyes era, en su opinión, un reino organizado bajo la dirección de Dios. Otros creyentes, sin embargo, sintieron que las ideas de Darwin presentaban un reto a los conceptos de moral y a aspectos concernientes a su interpretación de los textos religiosos.

Algunos indicaron que la teoría reforzaba el apoyo a las ambiciones imperiales de los europeos, y a la idea de que diferentes razas, y por ende diversas naciones, estarían en competencia. Algunos vieron la teoría como la base para lo que el filósofo británico Herbert Spencer llamó el darwinismo social, según el cual la estructura de clases era el resultado de –según su frase célebrela ‘supervivencia del más apto’. De acuerdo con esta visión, la competencia económica reflejaba la lucha por la supervivencia en el mundo natural.

Sin embargo, la idea de la evolución fue adoptada por algunos políticos radicales, quienes hallaron en la imagen de cambio que ofrecía, un fundamento para sus esperanzas de una revolución del orden social.

Todas estas interpretaciones de las ideas de Darwin y Wallace fueron discutidas y criticadas en las numerosas publicaciones periódicas de la época. Fueron a menudo caricaturizados y satirizados en dibujos, ensayos, y canciones. El libro de Darwin en general fue el que la gente leyó de manera selectiva –enfocándose en aquellas ideas– y conclusiones que les parecían aceptables y rechazando aquellas que no les simpatizaban.

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